Al Andalus

 

Amanecía en la capital de “Al Andalus”.

La pequeña, como siempre, esperaba que su madre acudiese a “despertarla”.

Ya estaba en vigilia pero a ella le gustaban los mimos y caricias que asociaban el comienzo de un nuevo día con el amor de mamá y más, en el día de su cumpleaños.

Octubre, siempre,  tenía una luz especial. Octubre, el mes de Venus, era perfecto.

Fuentesabia sabía de los deseos de la pequeña y así le satisfacía cada mañana. Pero ésa, especialmente.

Se acercó y, de modo dulce y cariñoso, la “despertó”, besándole la rosada mejilla.

Sus enormes y expresivos ojos se abrieron como movidos por un resorte, sonrió y saltó de su cama. Fué corriendo a la alhacena a buscar alguna de las diversas conservas de fruta que, la madre con absoluto cariño, elaboraba periódicamente. Melocotón, fresa, manzana… tantos sabores frutales y, obstinadamente, dulces que le grababan en su mente una identidad propia. Pero… no había ninguno ese día…

Se sentó a la mesa y, descubrió que mamá le había ya preparado una selección de todos ellos. De algún modo, ya lo sabía pero le encantaba correr descalza hasta la alhacena y le encantaba sentirse importante.

Fuentesabia actuaba igual con todos los hermanos pero tenía la gracia suficiente como para que todos creyesen que el suyo era el cumpleaños especial,

Un hombre entró en la sala donde se encontraba ella. Se asustó al verlo y buscó a mamá con la mirada. La sonrisa que tenía en su cara la tranquilizó pero quien era ese individuo?

Comenzó a hablar y no le entendía. Los vocablos eran extraños. Mamá no respondía pero asentía con gestos de su cabeza.

La luz que contornaba a ése Ser daba como una imagen mágica a toda la escena. Siguieron, supuestamente, conversando y el Ser marchó.

La pequeña siguió con sus distintas compotas, mezclándolas, saboreándolas y, en definitiva, disfrutando de ello. Empapándose de la sabiduría y el futuro recuerdo de los sabores….

 

 

Pasaron lo años… Al Andalus dejó de serlo y nuestra pequeña había crecido.

Viajó a otros países y comenzó a dominar distintos idiomas. Podía entender algunos aunque no expresarse en ellos, pero era empática. Tenía la gracia suficiente (heredada de mamá) como para coexistir en todo lugar y todo tiempo pese a que sabía a ciencia cierta donde pertenecía y pertenecería siempre…

Un día concreto de Octubre visualizó la misma luz. La del tipo del comedor de su casa dieciséis años atrás. No vio a nadie pero sentía una presencia…

Turbada siguió buscando y, a lo lejos, le vio de nuevo. Él le sonreía y ella sentía una calma absoluta en esa mirada. Siguieron caminando uno a distancia del otro. Pensó, por un momento, en correr hacia él pero sabía que no era ésa la razón de su presencia.

Pasó uno y otro día y todo siguió igual. Por momentos ella pensaba en cómo “huir” de todo, pero no hay cosa más difícil que huir de uno mismo.

Buscó a sabios maestros que le mostraran el camino y a personas afables que le facilitasen la andadura pero siempre estaba inquieta. Siempre pensaba en todo aquello que creía merecer y, posiblemente, así era pero no pensaba en lo que le movía.

Al Andalus ya no existía. El tiempo cura heridas y también crea cicatrices. Vivir es sentir, alguien le dijo… Vivir tiene un coste…

 

 

Siguió creyendo en sí misma. Uno de esos días de Octubre, muchos años después volvió a ver al tipo. Seguía teniendo la misma gentileza en su mirada, pero sorprendentemente, seguía igual de joven. Habían pasado 50 años desde la primera vez. ¿Sería el hijo de aquél? Clavó su mirada en él… No mediaron palabra… La luz, en ese instante, desapareció.

Entonces supo que lo había logrado! Llegó a una determinada plenitud. Discutible, sí.

Pero recordó el tacto del frío suelo en sus pies… camino de la alhacena…

A.P.

 

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