Homeless (Solsbury Hill). Cuento Corto

Los ladridos llamaban la atención. ..

Cada día, a esa hora, cuando Él pasaba por allí. Con su monótono caminar, su aspecto desaliñado y esa esencia de hombre sin alma que excitaba a los perros. Especialmente a aquel maldito Jack Russell inquieto y, aparentemente, disconforme con su habitat (pese a que muchas personas ni siquiera contaban con algo parecido para sí).

Cada día era un “día menos”. Cada día faltaba ya solo un poco menos para terminar… Solo un tramo más que caminar…

Había sido consciente de tantas cosas que, una vez se rindió porque no quería ser consciente ya, ni de sí mismo.

Había pensado en el suicidio, en su momento y había decidido que no merecía la pena dedicar el esfuerzo. Seguía caminando, todos los días, y sintiendo como cualquier otro ser, animal o humano, pero repudiaba simplemente su propio aspecto. Su propia presencia…

El niño, jugaba con su pelota.
Todos los días, a la misma hora, le veía pasar.
Paraba un momento de jugar y le miraba.
A veces le robaba un vistazo perdido y, hasta lo que podría haber considerado un “guiño”, pero nada le llevaba a pensar en crear algo sino, todo lo contrario… Pero, curiosamente, esas fugaces sensaciones eran lo único, francamente lejano y casi imperceptible, que aún le justificaba algún apego, por exiguo que fuese, a la Vida…

Recordaba de modo obsesivo el cuento de la princesa europea que viajó a India y, en un lugar repleto de miseria y podredumbre vio a una joven monja, también europea, que atendía a los leprosos, no ya para curar sus llagas sino para hacerles el dolor más llevadero…
La Princesa se acercó a la monja y con una expresión a medio camino entre el asco y el asombro le confesó:

“Jamás yo haría algo así, ni por un millón de dólares”.

La monja le respondió:

“ Yo tampoco lo haría por dinero”…

Le gustaba esa historia porque, de algún modo era lo único veraz que quedaba en su memoria. Él había sido así y, precisamente por ello, se encontraba ahora mismo en su situación..
Rebuscó de nuevo en los contenedores en los que habitualmente lo hacía. Tampoco se encontraba en uno de esos barrios ricos donde la gente se desprende de cosas por el mero hecho de haber obtenido de nuevas. Por así auto-convencerse de que han “progresado”, sino que su zona era un barrio obrero donde la gente arrojaba a la basura aquello que, simplemente, ya no servía. Por tanto, poco podía esperar encontrar pero formaba parte de su rutina y conseguir un euro era suficiente como para realizar la deseada escapada temporal utilizando como vehículo un litro de su amigo “Simón”, cuidadosamente envasado en tetra brick…

Además, alguien le dijo una vez que “las penas flotan”… pero su adicción superaba a su razón.

Pasó por el pakistaní de costumbre y compró “el caldo del olvido”. El más económico, el más denostado comercialmente. Le gustaba castigarse con eso. Convencerse a cada momento de que no merecía más.

Se sentó en el portal de costumbre y adecuó los cartones que le mantendrían al socaire durante la fría noche y adujó su colchón raído y sucio, ingirió todo el vino en cuatro largos tragos y cerró los ojos mecido por la calidez del alcohol de bajo nivel que sabía tan poco bien le hacía a su cuerpo pero que tanto alimentaba el destructivo deseo de su ego.

Despertó súbitamente por los golpes del balón sobre sus cartones. Eran ya posiblemente más de las nueve y, al incorporase, vio por encima del improvisado “vallado” al Niño de siempre. No obstante, esta vez no estaba en su casa. Estaba jugando a pelota, justo ahí…

-¿Sabes? Soy Messi! Le dijo al verle incorporarse. No tendría más de seis años…

Él no respondió y, simplemente, maldijo entre dientes y probablemente proclamó las innumerables virtudes de Herodes de forma airada.

¿No me crees? Le espetó el niño. ¿Quién eres tú?

Dudó por un momento y pensó en no responder pero lo hizo y le dijo:

No lo entenderías! Eres demasiado joven!

El niño le miró, escrutándole con lo que a Él le pareció una mirada adulta y madura. Posiblemente hasta la hubiese definido como “familiar” y no dijo nada… Cogió su pelota bajo el brazo y echó a andar…

Al día siguiente, a la misma hora y con el mismo balón allí estaba el niño. Esta vez, Él estaba ya despierto, como esperándole.

Cuantas cosas tienes aquí… Dijo el niño intentando visualizar el rincón del portal que hacía las veces de hogar improvisado, a través de una rendija entre los cartones.

No son importantes las cosas que tienes, solo las que puedes llevar contigo en el momento de trasladarte. “Voy a contarte un cuento”, le dijo el Hombre.

El niño sonrió y se sentó sobre la pelota a modo de taburete poniendo total atención en sus palabras:

Érase un vez un tipo que trepaba a una colina. Había dejado atrás su casa y, por el camino hacia la cima, veía las luces de la que había sido su ciudad.
Un águila cruzaba el cielo en la noche y parecía estar muy pendiente de él. Él pensó que era una imagen digna de ver. Siguió caminando y el águila se acercaba cada vez más y, en ese momento oyó una voz, tenía que escucharla, no tenía opción. No podía creer la información y tuvo que confiar en su imaginación. Su corazón latía más deprisa, la voz le decía: “recoge tus cosas. He venido para llevarte a casa”…

El niño escuchaba con total atención y el hombre, a medida que iba contando la historia comenzaba a expresar un pequeño atisbo de sonrisa que hacía mucho tiempo no había expresado. Incluso se sorprendió al ser consciente de ello, pero, así como unos días atrás se hubiese enojado por mostrar un sentimiento de este tipo, esta vez le reconfortó.

Hablaron durante mucho rato. El niño le contaba sus cosas cotidianas y le hablaba de su ídolo Messi. El hombre, a medida que veía que volvía a obtener cierto grado de capacidad comunicativa se iba sintiendo progresivamente mejor.

Se hizo tarde y el niño se despidió. “Mamá estará esperándome”. Una vez más le transmitió aquella madurez del día anterior…

El hombre por su lado, se levantó e inicio su “ruta” diaria empujando su carrito y con el bordón que, habitualmente utilizaba para revolver los artículos de la basura, asido en la otra mano.

Iba pensando, como siempre, pero esta vez, en un momento, pensó en “mudarse” a uno de esos barrios mejores donde, quién sabe, podía encontrar verdaderos “tesoros” en los contenedores.

Siguió caminando bajo la serena y silenciosa mirada de los perros. Especialmente la del Jack Russell….

Alfons Perez

 

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