La Isla

 

El invierno se cernía sobre La Isla. Lo corroboraba el ruido de las olas al romper contra las rocas y el frío tacto sobre la piel de la virazón que azotaba toda la extensión del lugar.

Era época de cambio y éso le gustaba. Cambio de especies susceptibles de ser pescadas, cambio de artes adecuándose a dichas especies y cambio de horarios acorde con el orto y, el obstinado ocaso diario del Sol.

Desamarró cuando el día rompía y puso proa a la bocana. En el momento de cruzar la rompiente de la entrada del puerto, cuando las olas impactan con las tranquilas aguas al socaire de La Mar, sintió de nuevo aquel familiar vaivén que le hacía cerrar los puentes de los pies afianzándolos sobre la madera de la cubierta y juntar las rodillas para, de ese modo erguido, mostrando el orgullo que le producía el encontrarse al gobierno de su nave, compensar el movimiento.

Aproó hacia el brumoso horizonte y recordó, como tantas otras veces, la primera ocasión en qué fue consciente de la inmensidad del océano. Rememoró aquella mañana en alta mar cuando, tras el cese de la tormenta oteó el horizonte en 360º asociando lo que veía, con la mitad de una naranja simétricamente seccionada y llena de agua gris e inquieta que rebosaba por sus bordes.

La mar de fondo tenía eso: El recuerdo de algo inquietante y la expectativa segura de que solo puede ir a mejor. La evidencia de que la prueba se ha superado.

Pensó en Ulises y en los cantos de sirena. Sonrió… Se imaginaba al tipo atado al palo de su barco…

Al cabo de un par de horas, habiendo recorrido ya más de 16 millas, viró 90º a estribor  y lanzó su curri, para comenzar a correr paralelo a la costa. El pescado azul, tiene su temporada en época de cambio de estación y hay que atraerlo con el tintineo visual y la luminosidad de la “cucharilla” para que sea él quien muerda el anzuelo.

Escuchando el monótono sonido del motor, quedó dormido…

De repente! El ruido del carrete largando hilo rápidamente le hizo despertar!

 

  • “Algo” ha picado! Se dijo…

 

Agarró fuertemente la caña comenzando el cobro del sedal. Anochecía… hacía horas que había quedado dormido, lo que indicaba que quizás la pieza llevaba tiempo ya luchando con el anzuelo.

A ratos cobraba hilo, a ratos cedía un poco. Intentando cansar al Pez y procurando no largar más hilo del que cobraba.

Fueron pasando las horas y el viento refrescaba y la noche se cerraba…

Las manos, casi cortadas, resistían por puro instinto y obstinación. Sentía el dolor físico, el frío… y era consciente de que La Mar empeoraba, pero era mayor su deseo de cobrar la pieza que su instinto de supervivencia. Tenía que “terminar” con aquel animal!

Así pasaron las horas y, como si de una ley física se tratase, el Pez se rindió. Pudo cobrar la pieza lo que le dio una gran satisfacción.

Realmente no era grande. De hecho parecía imposible que hubiese podido ofrecer semejante resistencia. Como marcaba el protocolo, quitó el anzuelo de la boca del pez, sacó su navaja del bolsillo, abrió al animal con un corte rápido y preciso de abajo a arriba y extrajo sus intestinos. Los lanzó por popa como habitualmente y se levantó para asir un cubo con el cual baldear la cubierta que había quedado manchada de la sangre de la pieza. En aquel momento vio unas pequeñas bolas brillantes adheridas a la teca. Se acercó y dedujo que eran los huevos en el vientre del Pez. Su sensación fue realmente extraña. Nunca le había preocupado eso…

Un fuerte golpeteo a su espalda le hizo girar sobre sí mismo y vio al Pez, sin órganos, pero con mayor vida que nunca en sus ojos, mirándole…

Se acercó con ciertas dudas. Dudas no razonables ni lógicas y, vio como el pescado boqueaba. Supuestamente, en busca del oxígeno que sus agallas y el Medio no podían ya producir. Pero, casi aterrorizado, descubrió que le estaba hablando. Tuvo que acercar el oído para, por encima del rugir de las olas rompiendo en el casco, escuchar algo….

  • Siento que tu esfuerzo no haya cubierto tus expectativas. Seguramente deseabas una “pieza” mayor que poder presumir ante tus amigos y familia…
  • Te creías capaz de materializar las expectativas de tu ego?

 El pez le miró a los ojos de modo punzante y, sin indicio alguno de preocupación, le preguntó:

  • Tienes motivo para esto? Acaso yo irrumpí en tu casa y procuré por evitar que dieses el pan a tus hijos?
  • Tú eres polvo y yo soy agua. Qué podríamos formar juntos? Barro? Y cerró los ojos…

 Le vinieron a la mente muchos pasajes de su vida en los que había querido ser algo especial. Algo diferente. El “Mejor” de todos.

Recordó cuando, alguien, una vez le comentó que, probablemente, era uno de los 3 mejores pescadores de la zona y, él, de modo altivo y arrogante, preguntó quienes eran los otros dos!

De repente un roción de agua salada le despertó….

Miró el reloj! Habían pasado poco más de 20 minutos desde la virada a estribor…

Decidió regresar a puerto, corriendo la mar gruesa ya establecida, solo atento a cualquier maniobra que pudiese desestabilizar el barco en su singladura. Tardó quizás más tiempo que en toda la supuesta lucha anterior.

Cuando, finalmente, arribó. Amarró su barco. Se sentó en la bañera…

y rompió a llorar…

Alfons Perez

 

 

 

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