Un cuento…

Si se lo hubieran preguntado tendría que haber contestado: no sé hacer otra cosa. Hacía lo que su padre, abuelo y todos los que vinieron antes que él, por algo tenia alas ¿no? Lo lógico es volar.

De hecho, pocas veces se detuvo a pensar si había algo más que los calamares y bancos de peces ¿para qué? Era dueño y monarca de todas las tonalidades de azul, del viento, del mar y del cielo.

Con el tiempo, y con la arrogancia del que siempre mira desde arriba, comenzó a observar “a los de abajo” como seres inferiores, pegados a la tierra y apegados a las raíces. Solo los humanos despertaban su curiosidad por que podían volar, nadar y andar… “extraordinarios seres”, pensaba.

En una ocasión, que parecía nada especial a otras, aprovechando el buen viento decidió planear sobre una pequeña barca pesquera, “en ocasiones pillo algo sin esfuerzo” pensó. El pescador hizo algo que llamó la atención del albatros: guardaba viva la pesca y luego la devolvió toda al mar quedándose solo con un pez. “que extraño…” pensó.

Decidió perseguirlo a la costa (sitio que rara vez visitaba) y lo vio entrar a una casa bastante sencilla con un gran patio posterior, más curioso aun y aprovechando de nuevo el viento se quedó observando algo que no había visto nunca. En el patio de atrás había un gallinero lleno de pollos de todos los tamaños… ¿Qué es eso? Pensó… parece un pájaro pero no vuela y tiene las patas pegadas a la tierra además los humanos las alimentan… ¡a nosotros nos ahuyentan!

Era un albatros joven, aún desafiante de las leyes de los mayores y de las normas del viento, más de una vez estuvo a punto de estrellarse por desafiar los límites de sus propias alas… ¿Cómo se cual es mi limite si no me acerco? Decía justificándose. Ese mismo arrojo lo hizo hacer lo que ninguno de sus ancestros hizo: pisar la tierra.

“Que sensación tan extraña”… pensó el albatros tratando de adaptarse a su torpeza. Inmediatamente gallos y gallinas lo rodearon, se acercaron palomas y pajarillos. Todos se hacían la misma pregunta: ¿Qué es eso?

El albatros dijo: vengo del mar, paso casi toda mi vida volando y no entiendo por que no hacen lo mismo, porque se quedan en la tierra.

Se abrió paso una vieja oca y le dijo: “no todo lo que tiene alas vuela ni todo lo que tiene pies camina. Vivimos en la tierra, nunca hemos volado y si me preguntas no sé hacer otra cosa. Hago lo que mi padre, abuelo y todos los que vinieron antes que yo, por algo tengo patas ¿no? Lo lógico es andar. De hecho, pocas veces me detengo a pensar si hay algo más que los cereales y los insectos ¿para qué? soy dueño y monarca de las colinas, montañas y los montes.

El albatros se quedó. Probó la tierra, durmió en la ribera de los ríos, comió cereales, persiguió insectos, se acercó al fuego y sintió por primera vez calor, se lavó las patas llenas de barro, conoció al mochuelo, al pato, al ganso y al cuervo, se dejo corretear por los perros y escucho maravillosas aventuras y mitos sobre un pájaro que no vuela pero nada como pez y es el rey de las tierras heladas.

En ocasiones miraba el cielo sin nostalgia y decía: “esos seres de arriba nos miran siempre con arrogancia… no saben”

Pasaron un par de años y albatros era ya un hijo de la tierra, dejó de sentir el sabor a sal y estaba embriagado por el dulce de la miel y el maíz, cambio los azules por los ocres, marrones y verdes, aprendió las costumbres de los pastizales  y echó raíces. Sin embargo, por más que lo ahogara con fruta madura y aroma de flores salvajes había algo ahí que aparecía justo antes de dormir y a veces no lo dejaba conciliar el sueño. Era el sonido del viento.

Una noche sin despedidas, sin explicaciones, volvió al mar. Al llegar se unió al grupo que planeaba plácidamente. No hubo reproches ni juicios, como si nunca se hubiera ido, como si no hubieran notado su ausencia, retorno a la sal, al azul, al viento… y fue feliz.

 

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